La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Aquella noche la pasé temiendo ser vÃctima de algún acto de violencia, pues si aquella mano muerta tenÃa tanto valor para esa gente, ¡cuánto más concederÃan a la joya que yo habÃa guardado! A pesar de que únicamente el jeque estaba enterado de ello, mis dudas eran, quizá, mayores, pues estaba en condiciones de hacer conmigo lo que quisiera. De modo, pues, que permanecà despierto el mayor tiempo posible, decidido a aprovechar la primera ocasión que se me presentase de abandonar aquel campamento y emprender el viaje de regreso, primero, hacia las orillas del Nilo, y luego, siguiendo su curso, hasta AlejandrÃa, solicitando los servicios de otros guÃas que ignoraran lo que llevaba conmigo.
Finalmente, no pude evitar que el sueño me venciera. Temeroso de que me atacaran o intentasen robarme mientras dormÃa, saqué la joya de su escondite y la guardé en mi puño. Noté que resplandecÃa de manera extraordinaria, y, también, que en su reverso tenÃa grabados unos signos semejantes a los que habÃa visto en el sepulcro.