La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas »Más adelante, si el señor Trelawny no lo hace por sí mismo, le explicaré el significado de esos signos. Por el momento considero preferible contarle qué le ocurrió a Van Huyn, porque el libro concluye con la descripción de la piedra y el relato de su llegada a Holanda. Lo más notable acerca de esta obra es que ha inducido a otras personas a interesarse por el asunto, entre ellas el señor Trelawny y yo mismo. El señor Trelawny conoce bien las lenguas orientales, pero no así las del norte. Yo poseo un don natural para aprender idiomas y, cuando realizaba mis estudios en Leyden, aprendí el holandés. Así, cuando el señor Trelawny adquirió este volumen a través de un catálogo especializado en egiptología, hice la traducción al inglés en otro ejemplar que conseguí en Leyden. Tanto a él como a mí nos impresionó la descripción del solitario sepulcro abierto en la roca, a una altura tal que a cualquier investigador corriente le resultase prácticamente imposible acceder a él, ya que todos los accesos habían sido destruidos. También nos llamó la atención el que ese lugar, cuya construcción debió de ser extraordinariamente costosa, no tuviese indicación alguna acerca de la identidad del personaje allí enterrado. Además, el mismo nombre del lugar, el valle del Hechicero, era sumamente sugestivo. Cuando nos conocimos, gracias a nuestra relación con ciertos egiptólogos, hablamos de eso y de otras muchas cosas, y decidimos ir en busca de aquel valle misterioso. Mientras aguardábamos para emprender el viaje, fui a Holanda con el objeto de verificar algunos aspectos del relato de Van Huyn. Me dirigí hacia Hoorn y empecé a trabajar pacientemente para encontrar la casa de aquel viajero o de sus descendientes, si los había. No lo aburriré con los pormenores de mi búsqueda y de los resultados que obtuve. Hoorn es un lugar que apenas ha cambiado desde los tiempos de Van Huyn, aunque ha perdido la importancia comercial que antes tenía. Se trata de una ciudad somnolienta a la que el transcurso de uno o dos siglos poco importa. Di con la casa y descubrí que no vivía ninguno de los descendientes del viajero. Consulté los registros, sólo para comprobar que todos habían muerto. Entonces, quise averiguar qué había sido de sus tesoros, pues un gran viajero como él sin duda debía de tenerlos. Encontré muchos en los museos de Leyden, Utrecht y Amsterdam, y así como en las casas de algunos coleccionistas ricos. Finalmente, en la tienda de un anciano joyero y relojero de Hoorn, hallé el tesoro principal, es decir, un gran rubí, pues tal era la piedra, esculpido en forma de escarabajo, con siete estrellas y numerosos jeroglíficos. El pobre hombre no tenía ni idea de la importancia de aquel objeto y mucho menos de los recientes descubrimientos filológicos relacionados con Egipto. Tampoco había oído hablar de Van Huyn, aunque sabía que había vivido en la ciudad y que se lo consideraba un gran explorador. Creía que aquella piedra era, sencillamente, rara, y que el tallador la había echado a perder. Y aun cuando al principio no parecía dispuesto a desprenderse de ella, conseguí que me la vendiese, eso sí, a un precio muy elevado. Como yo cumplía un encargo del señor Trelawny, que es inmensamente rico, iba bien provisto de dinero. De inmediato emprendí el regreso a Londres, llevando conmigo la joya.