La Joya de las siete estrellas

La Joya de las siete estrellas

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»—Durante dieciséis años —prosiguió el señor Trelawny— nunca he dejado de pensar en aquella aventura ni de buscar alguna pista que nos ayudase a aclarar los misterios de que somos testigos, pero sólo anoche encontré algo semejante a una solución. Tal vez la he soñado, porque surgió en mi mente de manera súbita. Me levanté al instante de la cama decidido a hacer algo, aun cuando no sabía exactamente qué. La idea se me ocurrió al instante. En las escrituras de las paredes del sepulcro se hacía alusión a las siete estrellas de la Osa Mayor, que constituyen el Carro; también se citaba con frecuencia el norte, así como la caja que nosotros llamamos el Cofre Mágico. Ya habíamos observado esos espacios translúcidos peculiares en la piedra de la caja, y recordará usted que, según los jeroglíficos, la joya procedía del corazón de un aerolito, y que el cofre también había sido tallado en el mismo material. Me dije que si la luz de las siete estrellas brillaba en la dirección debida, era probable que ejerciese algún efecto sobre la caja o su contenido. Levanté la persiana y miré fuera. El Carro se veía muy alto en el cielo, y tanto sus estrellas como la Polar estaban frente a la ventana. Acerqué la mesa con el cofre y orienté éste de manera que los puntos translúcidos coincidieran con la posición de las estrellas. Instantáneamente el cofre empezó a resplandecer tal como acaba de ver usted a la luz de las lámparas, aunque en esa ocasión de manera más suave. Aguardé por un largo rato, pero el cielo se nubló y la luz murió al fin. A continuación encendí unas cuantas lámparas y probé su efecto. Me llevó unos minutos disponerlas de forma que correspondiesen con las partes translúcidas de la piedra, pero en cuanto lo hube logrado el cofre volvió a resplandecer. Sin embargo, eso no fue todo lo que conseguí. Evidentemente, faltaba algo. Se me ocurrió que si la luz ejercía algún efecto, en la tumba debía de haber un medio de producirla, ya que allí era imposible contar con el brillo de las estrellas. De pronto, todo se hizo claro para mí. Puse el Cofre Mágico sobre la mesa y advertí que ésta tenía algunas protuberancias que correspondían a la forma de aquél, así como a las estrellas de la constelación. Por consiguiente, era en esos puntos donde había que disponer algunas luces. Sólo nos restaba hallar las lámparas apropiadas. Intenté colocar las eléctricas, pero su resplandor no se transmitía a la piedra. Deduje de ello que sin duda tenían que existir lámparas especiales para ese fin, y que si lograba encontrarlas daría un paso definitivo en la resolución del misterio.


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