La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas »—¿Dónde están esas lámparas? —pregunté—. ¿Dónde podrÃamos hallarlas? Y ¿cómo las reconocerÃamos en el caso de que las encontrásemos?
»—Cada cosa a su tiempo —me dijo el señor Trelawny con tono tranquilizador—. Su primera pregunta contiene todas las demás. ¿Que dónde están esas lámparas? Pues se lo diré: en la tumba.
»—¿En la tumba? —exclamé sorprendido—. ¿No recuerda acaso que nos llevamos todo lo que allà habÃa? Y no vi ninguna lámpara, ni señal de ella.
ȃl procedió entonces a desenrollar unas grandes hojas de papel que trajo de su habitación y las extendió sobre la mesa, asegurando sus bordes con unos libros. Reconocà de inmediato las copias que habÃamos hecho de los jeroglÃficos del sepulcro, y, entonces, él dijo lentamente:
»—¿Recuerda usted que cuando examinamos la tumba nos extrañó no hallar una cosa que es muy habitual en ellas?
»—¡Claro! No habÃa serdab.
»El serdab —añadió el señor Corbeck volviéndose hacia m× es una especie de nicho excavado en la pared de la tumba. Los estudiados hasta ahora carecen de inscripciones y sólo contienen las efigies de los muertos que allà descansan. —Hizo una pausa y prosiguió—: Cuando Trelawny notó que habÃa comprendido su idea, agregó con el entusiasmo propio de otros tiempos: