La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —¡De ningún modo! Si mi padre hubiese querido que la viese, me la habrÃa mostrado. No lo harÃa sin su consentimiento. —Hizo una pausa y, tal vez temiendo habernos ofendido, añadió—: Por supuesto, me parece muy bien que ustedes la inspeccionen. Deben tomar en cuenta todos los detalles, y yo… les estoy muy agradecida.
Se volvió. Advertà que estaba llorando. Era evidente que a pesar de su ansiedad y preocupación, le mortificaba saber tan poco acerca de su propio padre, y que esa ignorancia era una demostración de que habÃan sido extraños el uno para el otro. El que en ese momento estuviese rodeada de hombres no hacÃa que su pena fuese más fácil de soportar, pero aun asà suponÃa cierto consuelo. Intuà que preferÃa eso a la presencia de otra mujer, pues sin duda ésta habrÃa sabido interpretar mejor sus sentimientos.
Tras estudiar la pulsera y verificar las observaciones del médico, éste siguió curando al herido. El comisario Dolan se acercó a mà y me susurró al oÃdo:
—Creo que hemos dado con un gran profesional.
Asentà con la cabeza, y en ese momento alguien llamó a la puerta.