La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas »A la semana siguiente emprendí viaje a Egipto y no descansé hasta llegar nuevamente al sepulcro. En el camino encontré a algunos de nuestros antiguos porteadores. Pero, además, contraté a otros. Las condiciones en el país era muy distintas que dieciséis años atrás, y no fue necesario que tomase a mi servicio gente armada.
»Subí a lo alto de la roca yo solo. No tuve ninguna dificultad, ya que en aquel clima excelente la escala que habíamos utilizado hacía ya tanto tiempo, se conservaba en perfecto estado. Pronto advertí que en los años transcurridos otros habían estado en la tumba, y sentí que me daba un vuelco el corazón al pensar en la posibilidad de que alguien hubiese descubierto el serdab secreto. Habría sido una tragedia el que se me hubiesen anticipado, ya que, entre otras cosas, de nada habría servido mi viaje.
»Sin poder controlar mi ansiedad, levanté la antorcha y orienté su luz entre las columnas heptagonales de la capilla.
»Allí, en el lugar en que había esperado encontrarla, se hallaba la abertura del serdab. Estaba vacío.