La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Me puse en pie de inmediato, alegrándome de que Margaret saliese a caminar pues parecía terriblemente cansada y abatida. Me dirigí hacia la habitación del enfermo y ocupé mi lugar acostumbrado. La señora Grant montaba guardia junto al lecho, y en cuanto me vio entrar salió a ocuparse de otras cosas. Las cortinas estaban descorridas pero gracias a la orientación de la ventana, que daba hacia el norte, la claridad no era excesiva.
Permanecí largo rato pensando en lo que el señor Corbeck acababa de contarme y en las cosas extrañas de que había sido testigo desde que me pidieron que me presentase en aquella casa. Había momentos en que dudaba de todo y de todos, aun de las evidencias. Volví a recordar las sospechas del detective, tanto las referidas al señor Corbeck como, sobre todo, las relacionadas con Margaret. En presencia de ésta, sin embargo, todas mis dudas se desvanecían. Cada vez que su nombre o su imagen acudían a mi mente, me sentía dispuesto a apostar mi alma a que no estaba implicada en todo aquello.
Mientras me hallaba sumido en estos pensamientos, oí una voz fuerte, profunda, autoritaria, procedente del lecho. Resonó en mis oídos como un clarín, y al levantar los ojos vi que el enfermo estaba despierto, ¡y me hablaba!
—¿Quién es usted? —preguntó—. ¿Qué hace aquí?