La Joya de las siete estrellas

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Nadie hubiese esperado encontrarlo despierto y dueño de sus actos, de eso estaba seguro, por eso quedé tan sorprendido que sólo pude contestar:

—Me llamo Ross y ahora estaba vigilándole a usted.

Me miró como si no diese crédito a mis palabras.

—¿Vigilándome? ¿Qué quiere usted decir? ¿Por qué? —Hizo una pausa y con tono agresivo, como si aceptase los hechos, añadió—: ¿Es usted médico?

—No, señor —respondí sin poder evitar una sonrisa.

—Entonces, ¿por qué motivo está aquí? Si no es médico, ¿quién es usted?

Su tono se volvió, una vez más, dictatorial. El pensamiento es un proceso extraordinariamente rápido. Antes de que las palabras surgiesen de mis labios, una única idea se formó en mi cerebro: ¡Margaret! ¡Debía pensar en ella! Aquel hombre era su padre y no sabía nada de mí, ni siquiera que existiese. Era lógico que se mostrase curioso, si no ansioso, por saber por qué entre todos los hombres su hija me hubiese elegido a mí para cuidar de él. Los padres suelen ser un poco celosos cuando de las elecciones de sus hijas se trata, y eso aun cuando todavía no le había dicho a Margaret que la amaba.


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