La Joya de las siete estrellas

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—Soy abogado —contesté—, pero no estoy aquí en mi calidad de tal, sino como amigo de su hija, sencillamente. Es probable que el que fuese abogado la decidiese a rogarme que viniera, pues al principio creyó que usted había sido asesinado. Más tarde, fue lo bastante bondadosa como para considerarme su amigo y permitirme que permaneciera aquí, de acuerdo con su expreso deseo, señor Trelawny, de que siempre hubiese alguien en su habitación para vigilarlo.

El padre de Margaret era, sin duda, un hombre de ideas rápidas y parco en palabras. Mientras yo hablaba, me miró fijamente, como si leyera mis pensamientos. Para mi tranquilidad, no replicó, como si aceptase lo que yo le decía. Parpadeó por un instante y sus labios esbozaron una sonrisa, casi imperceptible, de satisfacción. Parecía estar reflexionando, y de pronto dijo:

—¿Ella creyó que yo había sido asesinado? ¿Cuándo ocurrió? ¿Anoche?

—No, señor. Hace ya cuatro días.

Se mostró sorprendido. Hasta ese momento había permanecido sentado en la cama; hizo un movimiento, como si intentara levantarse, pero con un esfuerzo evidente, se contuvo y rogó:

—Póngame al corriente de todo, sin omitir ningún detalle. Pero asegúrese de que la puerta está cerrada. Deseo enterarme de la situación antes de ver a nadie.


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