La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Tomó asiento en la silla más cercana que encontró y se echó a llorar. El que pronunciase mi nombre en aquel momento hizo que me sintiese emocionado. Ella lo advirtió y, al parecer, comprendió el motivo. Yo estaba absolutamente seguro de que la amaba, pero aunque confiaba en que ella también estuviese enamorada de mí, aún no había recibido ninguna prueba al respecto. Sin embargo, cuando observé que me permitía cogerle la mano y que devolvía la presión de la mía, sonrojándose al posar sus maravillosos ojos oscuros en los míos, ya no tuve dudas de sus sentimientos.
No pronunciamos una sola palabra; no era necesario. Cogidos de la mano, como dos niños, subimos por las escaleras y nos detuvimos en el rellano, donde aguardamos la llamada del señor Trelawny.
Susurrándole al oído, porque en tales circunstancias resultaba mucho más agradable que levantar la voz, le conté cómo había despertado su padre y lo que había dicho, pero nada mencioné de lo que habíamos hablado acerca de ella.
De pronto, sonó una campanilla, y Margaret se llevó un dedo a los labios indicándome que callara. Se encaminó de inmediato hacia la habitación de su padre y llamó suavemente a la puerta.
—¡Adelante! —exclamó él.
—Soy yo, papá —dijo Margaret con voz temblorosa, transida de amor y esperanza.