La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —Creo —me susurró al oÃdo— que papá se retrasa adrede, para que pueda recibirte a solas.
Después del desayuno, el señor Trelawny nos llevó al estudio y dijo al entrar:
—También he rogado a Margaret que viniese. —Una vez que estuvimos sentados, añadió con tono grave—: Anoche le dije a usted que hablarÃamos largo y tendido. Supongo que habrá imaginado que serÃa sobre usted y mi hija, ¿no es asÃ?
—En efecto.
—Pues ha acertado, querido muchacho. Margaret ya me ha transmitido sus propios deseos.
Me tendió la mano, que yo estreché, y luego besé a Margaret, que se habÃa acercado a mÃ. Con cierta excitación, aunque en modo alguno nervioso, me dispuse a escuchar cuanto tenÃa que decirme.