La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —También creo preferible que esta noche la pase usted en su casa —dijo—. Deseo estar solo con mi hija, pues he de tratar con ella de varios asuntos. Mañana tal vez pueda comunicárselos, Ross.
Comprendà perfectamente sus sentimientos, pero los sucesos de los últimos dÃas aún me parecÃan muy extraños, por lo que, algo intranquilo, objeté:
—Pero ¿no será peligroso? Si supiera usted, como nosotros…
—No habrá ningún peligro, Malcolm —me interrumpió Margaret—. Yo estaré con mi padre.
Lo cogió del brazo en actitud protectora y él añadió:
—Venga usted tan temprano como desee, Ross. Puede incluso desayunar con nosotros. Después mantendremos una larga conversación.
Salió de la habitación, dejándonos solos. Me incliné y besé las manos de Margaret, que se acercó a mÃ. Nuestros labios se unieron por primera vez.
Aquella noche apenas si conseguà dormir. La felicidad y la ansiedad me lo impedÃan. Antes de las nueve de la mañana estaba de nuevo en casa del señor Trelawny. Todos mis temores se esfumaron como una nube al ver a Margaret. SonreÃa y el color habÃa vuelto a sus mejillas. Me explicó que su padre habÃa dormido bien y que pronto se reunirÃa con nosotros.