La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —Recuerda, papá —le dijo—, que mi madre no consintió que permanecieses a su lado cuando supo de tu deseo de emprender aquel viaje a Egipto, aun cuando era sumamente peligroso por encontrarse aquel paÃs en guerra. Tú mismo me explicaste que te dejó libertad para ir a donde quisieras y la prueba de que temÃa por ti está aquÃ. —Se señaló la marca de nacimiento—. Y ahora, yo, hija de tu esposa, he de actuar tal como lo habrÃa hecho ella. —Se volvió hacia mà y agregó—: Ya sabes que te amo, Malcolm, pero el amor es confianza y debes confiar en mÃ, tanto en el peligro como en la felicidad. Tú y yo hemos de estar al lado de mi padre ante este peligro desconocido. Los tres saldremos con bien de él, o pereceremos juntos en el intento. Éste es el primer deseo que expreso al que se convertirá en mi esposo. ¿No crees que, como hija, estoy en lo cierto? Dile a mi padre cuál es tu decisión.
La contemplé y me pareció una reina. Me acerqué a ella y, tomándola de la mano, manifesté con tono enérgico:
—Señor Trelawny, en este asunto Margaret y yo somos una sola persona.
Él tomó las manos de ambos en las suyas, las estrechó y, emocionado, exclamó:
—¡Asà es como habrÃa obrado su madre!