La Joya de las siete estrellas

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—No que yo sepa —respondió la señorita Trelawny—, pero le preguntaré a la señora Grant, el ama de llaves. —Hizo sonar la campanilla, y cuando la mujer se presentó, le dijo—: Entre, por favor, estos caballeros quieren saber si alguien ha tocado el lecho de mi padre.

—Yo, no —respondió el ama de llaves.

—En ese caso —dijo la señorita Trelawny volviéndose hacia el sargento—, nadie la ha tocado. La señora Grant y yo estuvimos todo el tiempo aquí, y cuando di la voz de alarma no había ningún criado cerca de la cama. Como verá, mi padre yacía en el suelo, delante de la caja fuerte, y todos se reunieron en torno a él. De inmediato les pedimos que se retiraran.

Daw nos indicó a todos que permaneciésemos en el otro lado de la habitación, y tras sacar una gran lupa de su bolsillo procedió a examinar la cama, teniendo mucho cuidado de no mover las sábanas. Luego estudió el suelo, sobre todo la mancha de sangre que había en él. Se puso de rodillas y observó detenidamente el rastro que iba de ésta, delante de la caja fuerte, hasta el lecho. Al parecer no encontró nada que le llamase la atención. A continuación inspeccionó el frente de la caja y, muy especialmente, la unión de las puertas.

Luego se acercó a las ventanas, que estaban cerradas, y preguntó a la señorita Trelawny:

—¿Estaban asegurados los postigos?


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