La Joya de las siete estrellas

La Joya de las siete estrellas

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—En la momia de la reina Tera —respondió el señor Trelawny—. Pero permítame que se lo aclare. Mi idea es que el cofre fue hecho para una ocasión especial; como lo fueron todos los objetos que hallamos en la tumba. La reina Tera no se molestó en protegerse de las serpientes y los escorpiones en aquel sepulcro excavado en la roca o treinta metros del suelo y quince de la cima, sino de las perturbaciones originadas por manos humanas, de los celos y el odio de los sacerdotes que, conocedores de sus verdaderos fines, tratarían de frustrarlos. Lo dispuso todo para la resurrección, cuando quiera que ésta se produjese. A juzgar por las pinturas simbólicas de la tumba, su punto de vista era tan diferente del de sus contemporáneos, que esperaba una resurrección de la carne. Eso, sin duda, le granjeó el odio de los sacerdotes, a quienes dio una excelente excusa para que intentasen borrar su nombre para siempre, pues había ultrajado sus creencias y a sus dioses. Todo cuanto ella podía necesitar para la resurrección estaba en aquel sepulcro hermético. En el gran sarcófago, de dimensiones mucho mayores que las habituales, estaba su espíritu familiar, el gato, que por su tamaño debía de ser alguna clase de ocelote, o pariente de éste. También en la tumba, y en un receptáculo seguro, se encontraban las jarras que suelen contener las vísceras y los órganos internos embalsamados, por separado. Pero en esta ocasión estaban vacíos. Consideré que en este caso el proceso de embalsamamiento había sido modificado, y que los órganos habían sido restituidos al cuerpo, eso en el supuesto de que se los hubieran extraído. Si esta conjetura era correcta, encontraríamos que el cerebro de la reina o bien no había sido extirpado, al menos de la manera corriente, o bien había sido debidamente repuesto. Finalmente, en el sarcófago hallamos el Cofre Mágico, sobre el que descansaban los pies de la momia. Reparen también en el cuidado con que protegía su facultad de controlar los elementos. De acuerdo con su creencia, la mano abierta fuera de los vendajes regía el aire y la extraña joya de piedra de las brillantes estrellas, el fuego. El simbolismo inscrito en las suelas de sus sandalias le confería ascendiente sobre el agua y la tierra. Luego les hablaré de la piedra de la estrella, pero por el momento prosigamos con el sarcófago. Observen el modo en que guardó su secreto por si se daba el caso de que entrara algún intruso. Nadie podía abrir el Cofre Mágico a menos que recurriese a las lámparas, pues, como ahora sabemos, la luz normal no surtía ningún efecto. La gran tapa del sarcófago tampoco estaba sellada de la manera habitual, porque la reina deseaba, como ya he dicho, regir el aire, pero ocultó las lámparas, que por su estructura pertenecen al Cofre Mágico, en un sitio donde nadie pudiese dar con ellas si no seguía la indicación secreta, que sólo podían interpretar los eruditos. Y aun se protegía de un posible hallazgo disponiendo las cosas de forma que el imprudente descubridor encontrase la muerte. Para eso aplicó la lección del «guardián» de la pirámide construida por su antecesor de la Cuarta Dinastía en el trono de Egipto.


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