La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —Por mi parte —dijo el médico— no hay razones para esperar. Haré un relato detallado, por supuesto, pero desgraciadamente, no es mucho lo que tengo que consignar, y, en cualquier caso, nada definitivo. El señor Trelawny no muestra en la cabeza ninguna contusión que explique su pérdida continuada de consciencia. En consecuencia, deberÃa suponer que ha sido drogado o sometido a una influencia hipnótica. Sin embargo, creo que no ha ingerido narcótico alguno, o, por lo menos, ninguno que conozca. Aunque esta habitación está tan saturada del olor que despiden las momias, que es difÃcil asegurar nada. Tal vez haya percibido usted ciertos aromas egipcios; me refiero a esencia de nardos, betún, goma y especias. Cabe la posibilidad de que la sustancia quÃmica causante de este estado de inconsciencia posea un aroma muy delicado. También es probable que el señor Trelawny hubiese ingerido alguna clase de somnÃfero, y que, mientras dormÃa, se hubiera autolesionado. Sin embargo, no lo creo factible; las circunstancias, de acuerdo con mis investigaciones, demuestran que esta suposición es incorrecta, pero, no obstante, probable.
—Quizá tenga usted razón —lo interrumpió el sargento—. Pero hemos de encontrar el objeto que le causó la herida en la muñeca. En algún lugar debe de haber huellas de sangre.