La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —Eso creo yo —dijo el doctor, ajustándose las gafas, como si se dispusiera a dar un argumento—. Pero si el paciente ha ingerido alguna droga extraña, tal vez se tratara de una cuyos efectos no fueran inmediatos. De modo, pues, que ya que ignoramos los poderes de dicha droga, hemos de estar preparados para cualquier eventualidad.
—Su teorÃa, doctor, es muy acertada —intervino la señorita Trelawny—. Al menos en lo que se refiere al somnÃfero. Pero de acuerdo con la segunda parte de su conjetura, fue mi padre quien se infligió las heridas, y eso después de que la droga hubiese hecho efecto.
—¡Eso mismo! —exclamaron al unÃsono el doctor y el sargento.
—Aun asÃ, doctor, su suposición no agota las posibilidades. En primer lugar, debemos hallar el arma con que mi padre, si es asà como ocurrió, se provocó la herida.
—Tal vez la guardase en la caja fuerte antes de perder el conocimiento —observé yo sin pensar demasiado en lo que decÃa.
—Eso es imposible —se apresuró a replicar el doctor Winchester—. Ha de tener usted en cuenta que la mano izquierda está cubierta de sangre y que, en cambio, no hay rastros de ésta en la caja.
—Tiene usted razón —contesté.
Se hizo el silencio. Al fin, el doctor dijo: