La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas »¡Y estoy segura de que con tal de lograr que ese sueño se convirtiera en realidad no dudó en yacer en su tumba durante miles de años!
Todos oímos en silencio la interpretación que Margaret daba a los designios y propósitos de la reina. La elevación de sus pensamientos pareció elevarnos también a nosotros mientras la escuchábamos. Las nobles palabras que fluían con musical cadencia parecían surgir de algún gran instrumento de fuerza elemental. Hasta el tono de su voz nos resultaba desconocido, por cuyo motivo fue como si estuviéramos escuchando a un nuevo y extraño ser de un nuevo y extraño mundo. Una expresión de placer iluminaba el rostro de su padre. Ahora sé por qué. Comprendía la felicidad de su vida al regresar, tras su prolongada permanencia en el mundo de los sueños, al mundo que conocía. Haber encontrado en su hija, cuya naturaleza sólo ahora conocía, tanta riqueza de afectos, tanto esplendor de espiritual perspicacia, tan docta imaginación, tan… ¡El resto de sus sentimientos lo ocupaba la esperanza!
Los dos hombres restantes guardaron silencio de manera inconsciente. Uno de ellos ya había tenido su sueño; los del otro aún estaban por llegar.