La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Por consiguiente, pusimos enseguida manos a la obra. Bajo la guía del señor Trelawny, y con la ayuda de los criados, sacamos de las dependencias anexas las grandes cajas de embalaje. Algunas pesaban mucho y estaban reforzadas con varias capas de madera, herrajes y barras metálicas con tornillos y tuercas. Las distribuimos por toda la casa, cada una de ellas cerca del objeto que iba a contener. Una vez terminadas las tareas preliminares, en cuyo transcurso se colocaron en cada habitación y en los pasillos grandes montones de paja, estopa de algodón y papel, mandamos retirarse a los criados. Entonces nos dispusimos a hacer el equipaje propiamente dicho.
Ninguno de nosotros estaba acostumbrado a hacer maletas y no teníamos la menor idea de la cantidad de trabajo que exigía semejante tarea. Por mi parte yo sabía que en la casa del señor Trelawny había una cantidad considerable de objetos egipcios, pero hasta que no me enfrenté con ellos uno a uno, no me di cuenta de su importancia, su número y el tamaño de algunos de ellos. Estuvimos trabajando hasta bien entrada la noche. A veces, reuníamos todas nuestras fuerzas para manejar un solo objeto; después volvíamos a trabajar por separado, pero siempre bajo las órdenes directas del señor Trelawny, quien, con la ayuda de Margaret, llevaba el recuento exacto de todas las piezas.