La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Sólo cuando finalmente nos sentamos a cenar, muertos de cansancio, empezamos a advertir que una buena parte del trabajo ya estaba hecha. Sin embargo, sólo se cerraron algunas de las cajas, pues aún nos quedaban muchas cosas por hacer. Habíamos terminado, únicamente, con las que contenían los grandes sarcófagos. Las demás cajas, en las que había varios objetos, no podían cerrarse hasta que todas hubieran sido debidamente diferenciadas y marcadas.
Aquella noche dormí sin apenas moverme y sin soñar y, cuando por la mañana comenté este hecho, resultó que todos habían tenido la misma experiencia que yo.
A la noche siguiente, antes de la hora de la cena, ya habíamos terminado el trabajo y todo estaba a punto para los transportistas, que se presentarían a medianoche. Un poco antes de la hora convenida oímos el rumor de los carros y enseguida fuimos invadidos por todo un ejército de obreros que, en razón de su considerable número, parecían mover sin el menor esfuerzo, en una interminable procesión, todos los embalajes que habíamos preparado. Les bastó algo más de una hora. Cuando los vehículos se alejaron ruidosamente, todos nos preparamos para seguirlos. Como es natural, Silvio vendría con nosotros.