La Joya de las siete estrellas

La Joya de las siete estrellas

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—¿Y cómo puede saberlo? —preguntó Corbeck con sincero interés.

—Si posee el cuerpo astral del que nos ha hablado mi padre, necesariamente tiene que saberlo. ¿Cómo podría ignorarlo, con su invisible presencia y con una inteligencia que puede volar incluso hasta las estrellas y los lejanos mundos situados más allá de nosotros?

Margaret hizo una pausa, y su padre dijo solemnemente:

—Actuamos sobre la base de unas suposiciones. ¡Tenemos que ser valientes, creer en nuestras convicciones y obrar en consecuencia… hasta el final!

Margaret tomó su mano y la sostuvo entre las suyas con gesto soñador mientras todos salíamos de la casa. Aún la sostenía cuando su padre cerró la puerta de la entrada y echamos a andar por el camino hasta llegar a la verja, donde tomamos un coche para trasladarnos a Paddington.

Cuando todas las cajas ya estaban en la estación, los obreros se acercaron al tren; tuvieron que echar mano de los carros utilizados para el transporte de las grandes cajas que contenían los sarcófagos. Encontraríamos carros normales y todos los caballos que quisiéramos en Westerton, que era nuestra estación de Kyllion.

El señor Trelawny había reservado un coche-cama para nuestro grupo; en cuanto el tren se puso en marcha, todos nos retiramos a nuestros compartimientos.


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