La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Aquella noche dormí como un tronco. Estaba absolutamente convencido de que nos encontrábamos a salvo. El firme anuncio de Margaret, según el cual aquella noche no habría ningún problema, me había tranquilizado. Ni yo ni nadie lo ponía en duda. Sólo después empecé a preguntarme cómo era posible que estuviera tan segura. El tren iba muy lento e hizo numerosas y largas paradas. Como el señor Trelawny no deseaba llegar a Westerton antes del anochecer, no teníamos ninguna prisa; ya se habían tomado disposiciones para que los trabajadores pudieran comer en determinados puntos del viaje. Nosotros teníamos nuestras cestas de comida en nuestro vagón privado.