La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Cuando llegaron los carros, procedimos a la descarga y el transporte de los bultos, según las instrucciones que daba el señor Trelawny. El trabajo fue realizado en un tiempo asombrosamente corto, y los hombres que trajeron el cargamento fueron despedidos no sin antes recibir una generosa propina, que agradecieron con entusiasmo. Después, cada uno de nosotros se retiró a su habitación con la esperanza de que la noche transcurriera en calma, como en efecto sucedió.
Por la mañana, tras un sueño reparador, todos los objetos, a excepción de aquellos que serían necesarios para llevar a cabo el experimento, fueron colocados en el lugar señalado. Más tarde se dispuso que al día siguiente, temprano, todos los criados regresarían a Londres en compañía de la señora Grant.
En cuanto hubieron partido, el señor Trelawny nos hizo pasar al estudio, cerró la puerta, y dijo:
—Ahora debo revelarles un secreto, pero antes, obedeciendo a una antigua promesa, me veo obligado a rogarles que nunca lo revelen a nadie. Durante trescientos años esta promesa ha sido exigida a todos aquellos a quienes se comunicaba, y del cumplimiento de ella dependieron, más de una vez, la vida y la seguridad de esas personas. A pesar de ello romperé el espíritu de esa tradición pero sólo ante mis allegados más íntimos.
Nos apresuramos a darle nuestra palabra de que seríamos discretos, y él prosiguió: