La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Sin pronunciar palabra, el señor Trelawny cogió la joya y todos regresamos a la habitación. Tratando de hacer el menor ruido posible, abrió la puerta de la caja fuerte con la llave que tenía sujeta a la muñeca y guardó la joya. En cuanto cerró la caja, dejó escapar un suspiro de alivio.
Los demás también nos sentimos más tranquilos. Habíamos dado un paso más en nuestra extraña empresa. El cambio, sin embargo, fue más acusado en Margaret que en cualquiera de los demás. Tal vez se debía a que ella era mujer, o más joven que nosotros, o quizás a ambas causas. En cualquier caso, el cambio se había producido, y eso me llenó de alegría. Su optimismo, su ternura parecían más intensos que antes, y su rostro se iluminó cuando su padre posó los ojos en ella.
Mientras esperábamos a que llegasen los carros, el señor Trelawny nos llevó por la casa explicándonos dónde debíamos ubicar los objetos que habíamos traído con nosotros. La posición que ocupaban todas aquellas cosas estaba íntimamente relacionada con el experimento, pero no nos dijo el motivo. Las cajas que los contenían debían permanecer en todo momento en el vestíbulo.