La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Los tres hombres nos acercamos. Sólo Margaret, inmóvil y silenciosa como una estatua, conservaba la calma. Sus ojos miraban con expresión ausente, como si no supiera ni le importara lo que ocurría en torno a ella.
Con gesto de abatimiento, el señor Trelawny abrió el bolsillo de la cartera en que había guardado la Joya de las Siete Estrellas. Desplomándose en la silla que tenía al lado, exclamó:
—¡Ha desaparecido! Sin ella es imposible realizar el experimento.
Aquellas palabras parecieron despertar a Margaret de su introspección. De pronto, una mueca de dolor desfiguró su rostro, pero casi al instante su expresión se suavizó y, esbozando una sonrisa dijo:
—Tal vez la hayas dejado en tu habitación, padre, o quizá se te haya caído de la cartera mientras te cambiabas de ropa.
Todos corrimos hacia la estancia contigua y allí nos tranquilizamos al comprobar que la Joya de las Siete Estrellas, bella y resplandeciente como nunca, se hallaba sobre la mesa.
Tímidamente, nos miramos los unos a los otros y luego nos volvimos. Margaret había perdido su hierática calma y permanecía tensa, con las manos cruzadas delante del cuerpo.