La Joya de las siete estrellas

La Joya de las siete estrellas

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Cenamos en el gran comedor del ala sur, cuyas paredes colgaban prácticamente sobre el vacío. El murmullo del agua sonaba amortiguado pero incesante. Dado que el pequeño promontorio penetraba profundamente en el mar, el lado norte de la casa estaba abierto y la masa rocosa que se elevaba por encima de nosotros la aislaba del resto del mundo. Al otro lado de la bahía se veían las trémulas luces del castillo, y aquí y allá brillaban a lo largo de la orilla, el débil resplandor de la ventana de la choza de algún pescador. Por lo demás, el mar era una vasta extensión de color azul oscuro, iluminada de vez en cuando por un destello de luz cuando el fulgor de las estrellas caía sobre la cresta de alguna ola.

Una vez que terminamos de cenar, nos dirigimos a la estancia que el señor Trelawny había destinado a su estudio, muy cerca de su dormitorio. Al entrar, lo primero que vi fue una gran caja fuerte parecida en cierto modo a la que había en su habitación de Londres. El señor Trelawny se acercó a la mesa y, sacando la cartera, la depositó encima de ella. Al hacerlo, la comprimió con la palma de la mano. De pronto, palideció. Con dedos trémulos abrió la cartera.

—El bulto no parece el mismo —dijo—. ¡Espero que no haya ocurrido nada!


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