La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Llegamos a Westerton hacia las nueve de la noche. Había carros y caballos esperando e inmediatamente se iniciaron las tareas de descarga. Nuestro grupo no esperó a que el trabajo concluyera, pues todo estaba en manos de personas competentes. Subimos a un coche que aguardaba y cruzamos velozmente la oscuridad de la noche en dirección a Kyllion.
A todos nos impresionó el aspecto de la casa bajo la clara luz de la luna. Era una gran mansión de piedra gris de la época de Jacobo I; el enorme edificio se elevaba sobre el mar al borde de un alto acantilado. Cuando doblamos la curva del camino abierto en la roca y llegamos a la alta explanada en que se levantaba la casa, nos envolvió el murmullo de las olas que rompían contra las rocas de abajo y aspiramos una bocanada de la vigorizante y húmeda brisa marina. Comprendimos al instante lo aislados que íbamos a estar del mundo en aquel lugar.
Dentro de la casa todo estaba preparado. La señora Grant y los criados habían hecho un buen trabajo y todo estaba limpio y resplandeciente. Echamos un breve vistazo a las principales habitaciones de la casa y, a continuación, nos separamos para lavarnos y cambiarnos de ropa después de nuestro largo viaje de más de veinticuatro horas.