La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas En cuanto a Margaret, parecía un poco abrumada. Tal vez porque estaba pasando por una nueva fase de sus sentimientos o porque se tomaba el asunto más en serio de lo que había hecho hasta entonces. Por regla general, solía mostrarse más o menos distraída, como si estuviese sumida en sus pensamientos y despertara de ellos con un repentino sobresalto. Solía ocurrirle cuando se producía alguna incidencia en el viaje, como, por ejemplo, una parada en una estación o los ecos que el atronador rugido del tren arrancaba de las colinas y los peñascos que nos rodeaban al cruzar un viaducto. En tales ocasiones, intervenía con gran entusiasmo en la conversación, como si quisiera demostrar que, a pesar de estar ocupada con sus propias reflexiones, sus sentidos habían captado por completo todo lo que estaba aconteciendo alrededor. Su actitud hacia mí era extraña. A veces parecía marcada por una frialdad que era, a la vez, timidez y arrogancia. En otras ocasiones, sus gestos, su mirada y su voz revelaban tal pasión que casi me provocaban un aturdimiento de placer. Sin embargo, apenas se produjeron acontecimientos dignos de mención durante el viaje. Sólo hubo un episodio susceptible de producir cierta alarma, pero, como en aquel momento todos dormíamos, no nos turbó. Nos enteramos de lo ocurrido a la mañana siguiente por boca de un guardia muy comunicativo. Mientras circulaba entre Dawlish y Teignmouth, el tren se había detenido a causa de una señal de alguien que movía una antorcha de un lado a otro en medio de la vía. El maquinista hizo detener el tren y averiguó que un poco más adelante se había producido un pequeño desprendimiento de tierra del escarpado terraplén. Sin embargo, la tierra no había llegado a las vías y el maquinista había reanudado el viaje, lamentando el retraso que ello iba a ocasionar. Para usar las palabras del propio guardia, «en aquella condenada línea se tomaban unas precauciones extraordinarias».