La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —He escogido este lugar —comenzó el señor Trelawny— como el mejor de todos los que conozco para llevar a cabo nuestro experimento. Hay cientos de motivos para ello. Aquà estaremos tan aislados como lo estuvo la reina Tera en su sepulcro del valle del Hechicero. Para bien o para mal, aquà nos veremos librados a nuestra suerte y nos atendremos a las consecuencias. Si nuestros esfuerzos se ven recompensados con el éxito, podremos regresar al mundo de la ciencia moderna con conocimientos infinitos sobre la Antigüedad, capaces, quizá, de transformar profundamente las ideas de nuestra época asà como el modo de llevar a cabo las investigaciones cientÃficas. Si fracasamos, nadie sabrá siquiera que lo hemos intentado. Aun asÃ, creo que todos estamos preparados para lo que pueda ocurrir. —Hizo una pausa y nos limitamos a asentir con un movimiento de la cabeza. Tras vacilar por un instante, añadió—: TodavÃa no es demasiado tarde. Si alguno de ustedes tiene alguna duda o temor, le ruego encarecidamente que lo diga cuanto antes, y podrá marcharse sin que nadie se lo impida o recrimine. ¡Los demás proseguiremos con nuestro trabajo!
Hizo otra pausa y nos miró uno a uno. Nadie pareció vacilar. Por mi parte, si hubiese tenido el menor deseo de marcharme, la expresión de Margaret me habrÃa disuadido. Se la veÃa segura, incluso animada de una calma casi divina.