La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas El señor Trelawny respiró hondo y, con tono más decidido, prosiguió:
—Bien; puesto que todos estamos de acuerdo, cuanto antes comencemos, mejor. Déjenme decirles que este lugar, como el resto de la casa, dispone de luz eléctrica. Para iluminar la cueva basta empalmar un cable con la instalación general.
A continuación se dirigió hacia la escalera y subió unos cuantos escalones. Cogió el extremo de un cable que insertó en un enchufe del vestÃbulo, hizo girar un conmutador y el recinto de roca quedó inundado de luz. De inmediato observamos que del techo colgaban unos aparejos.
El señor Trelawny debió de interpretar mis pensamientos, pues, volviéndose hacia mÃ, dijo:
—SÃ; antes no estaban aquÃ. Los he dispuesto adrede, pues sabÃa que deberÃamos levantar grandes pesos. Como verá, he hecho todos los arreglos necesarios por si se daba el caso de que tuviera que hacer el trabajo yo solo.
Pusimos manos a la obra de inmediato, y antes del crepúsculo tanto el gran sarcófago como el resto de los objetos ocupaban el lugar señalado por el señor Trelawny.