La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Había algo de extraño en emplazar en aquella gran caverna monumentos del pasado. Pero a medida que transcurrían los minutos la elección de aquel lugar se revelaba como la más apropiada. De pronto di un respingo cuando Silvio, que iba en brazos de su dueña, saltó al suelo en el momento en que sacamos de su caja la momia del gato, y corrió hacia ella hecho una furia. Margaret no se inmutó; permaneció inmóvil en un costado de la cueva, levemente inclinada hacia el sarcófago, sumida meramente en un estado de abstracción. Pero entonces, al ver la actitud de Silvio, una suerte de extraña pasión pareció apoderarse de ella. Le brillaban los ojos, sus labios se tensaron en una mueca que yo nunca había visto en su rostro, y se interpuso en el camino del animal como si quisiera impedir su ataque. Me acerqué a ella instintivamente, y se detuvo. Me miró a los ojos, recobró la calma y cogió a Silvio con la misma ternura con que lo había hecho infinidad de veces.
Al presenciar aquella escena sentí un extraño temor. La Margaret que yo conocía parecía haber cambiado, y deseé profundamente que el motivo de ello acabara por fin, así como el experimento de que íbamos a ser testigos.
Una vez que todo estuvo en su lugar de acuerdo con los deseos del señor Trelawny, éste dijo:
—Ahora sólo resta esperar el momento más apropiado para dar comienzo al experimento.