La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Mientras ella leÃa, observé su rostro al tiempo que descubrà que el sargento Daw también lo hacÃa, atento a sus reacciones. Cuando concluyó la lectura, una secreta convicción se apoderó de mÃ. Entre las certezas de Daw respecto de la señorita Trelawny habÃa una que era, tal vez, más potencial que definitiva.
Por unos minutos la joven quedó pensativa. Luego, volvió a leer detenidamente; esta vez, la expresión de su rostro se hizo más intensa. Cuando hubo finalizado esta segunda lectura, hizo una nueva pausa, al cabo de la cual, no sin cierta renuencia, devolvió la carta al sargento. Él la leyó y a continuación me la tendió. La señorita Trelawny me observó por un instante, y advertà que se ruborizaba.
Debo confesar que esa reacción me agradó. Al darle la carta a Daw no habÃa dado muestra alguna de perturbación, pero conmigo reaccionó de modo muy distinto. Consciente de que la joven y el sargento tenÃan la vista fija en mÃ, leà lo que sigue:
Mi querida hija: