La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Por supuesto, había momentos de luz, momentos en que el amor y la dulzura de Margaret disipaban todas las dudas, del mismo modo que el sol disipa las brumas del amanecer. Pero el conjunto pendía sobre mí como un paño mortuorio. Se acercaba la hora fatal y su proximidad me agobiaba. Quizás el resultado fuese la vida o la muerte para cualquiera de nosotros, pero todos estábamos preparados. Margaret y yo correríamos el riesgo como si de una sola persona se tratase. El aspecto moral de asunto, que incluía la creencia religiosa en que yo había sido educado, no me preocupaba demasiado, ya que las causas y las consecuencias que había detrás escapaban a mi voluntad y a mi comprensión. La duda acerca del éxito del experimento era la que se siente ante cualquier empresa que se encara, y en mi caso suponía más un estímulo que un impedimento. ¿Qué era, pues, eso que me turbaba y me sumía en una angustia tan insoportable?
¡Empezaba a dudar de Margaret!
El motivo, lo ignoraba. No se refería a su amor, a su honor, a su sinceridad o a su bondad. ¿Qué era, entonces?