La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Habría dado un mundo a cambio de un confidente, pero pretenderlo era imposible. ¿Cómo podía hablar con nadie acerca de mis dudas respecto a Margaret y, mucho menos, con su padre? ¿Cómo podía hablar con la propia Margaret del tema, cuando ella misma era el problema? No tenía más remedio que sufrir y aguardar.
Creo que ella se dio cuenta, al menos en algunos momentos, de que una especie de nube nos separaba, porque al atardecer del primer día comenzó a evitarme un poco, o tal vez, se mostró más esquiva que de costumbre. Hasta entonces, había aprovechado cualquier oportunidad que se presentaba para estar conmigo, tal como yo había hecho para permanecer a su lado. Aquella tendencia a evitarnos produjo en nosotros un nuevo dolor.