La Joya de las siete estrellas

La Joya de las siete estrellas

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Aquel día reinó en la casa la mayor tranquilidad. Cada cual se ocupaba de su trabajo o permanecía sumido en sus pensamientos. Sólo nos reuníamos a la hora de comer y, aunque conversábamos, todos parecíamos más o menos preocupados. En la casa no había siquiera la rutina del servicio. La precaución del señor Trelawny de disponer tres habitaciones para cada uno de nosotros hacía que la presencia de los criados fuese innecesaria. El comedor estaba bien abastecido de comida guisada para varios días. Poco antes del anochecer salí a dar un paseo. Antes, busqué a Margaret para proponerle que me acompañara. Cuando la encontré vi que estaba en uno de sus momentos de apatía, lo cual hizo que su presencia perdiese para mí todo encanto. Enfadado conmigo mismo, pero incapaz de expresar mis sentimientos, me alejé solo por el promontorio rocoso.

En el acantilado, y ante el mar, sin oír otra cosa que el rumor de las olas a mis pies y los gritos de las gaviotas que revoloteaban en lo alto, dejé fluir libremente mis pensamientos. No obstante, siempre volvían, de manera inevitable, a un único asunto: cómo resolver la duda que me agobiaba. Allí, solo y rodeado de las fuerzas en perpetua lucha de la naturaleza, mi cerebro empezó a trabajar. Inconscientemente, me hacía una y otra vez preguntas cuya respuesta desconocía. Al fin, me encontré cara a cara con mi duda, y comencé a analizar las evidencias.


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