La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —En cierto modo, querido amigo, tiene usted razón. No hay duda de que la reina deseaba el aislamiento y tal vez fuese más conveniente llevar a cabo el experimento tal y como ella lo habÃa dispuesto. Pero debe usted comprender que una vez que el explorador holandés entró en su tumba, eso resulta del todo imposible. No fue culpa mÃa. Soy inocente de ello, aunque gracias a esas investigaciones logré dar de nuevo con el sepulcro. Observe usted que yo no he dicho que no fuera capaz de obrar del modo que lo hizo Van Huyn. Fue la curiosidad lo que me hizo ir a esa tumba, y me llevé de ella cuanto pude, obedeciendo al ansia de posesión que anima al coleccionista. Recuerde que, en aquella época, ignoraba por completo que esta reina deseaba resucitar; no tenÃa ni idea de la minuciosidad de sus preparativos. Todo eso lo averigüé más tarde, y cuando lo supe me apresuré a hacer todo lo posible para que sus deseos se vieran cumplidos. Mi único temor es haber interpretado incorrectamente algunas de las instrucciones crÃpticas o haber omitido u olvidado algo. Tengo la certeza de que he hecho todo cuanto me ha parecido útil, y de que, al menos conscientemente, no he contrariado en nada los deseos de la reina Tera. Tengo el mayor interés en que el experimento resulte exitoso, y para ello no he escatimado trabajo, tiempo, dinero… ni esfuerzo personal. He sufrido penalidades y desafiado peligros. He empleado toda mi inteligencia, todos mis conocimientos, y estoy dispuesto a seguir haciendo todo lo posible para culminar esta gran obra.