La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Ninguna de las cosas que hay en mi dormitorio debe ser cambiada de lugar por ninguna razón. Tengo un motivo muy especial para ello, de modo que si esto no se hiciese así, mis planes se verían alterados.
Si necesitas dinero, consejo o cualquier otra cosa, el señor Marvin te complacerá sin demora, pues le he dado instrucciones precisas al respecto.
ABEL TRELAWNY
Leí la carta una vez más antes de hablar, pues temía delatar mi asombro. La elección de un amigo era algo trascendental para mí. Había abrigado motivos de esperanza cuando ella me pidió que la ayudase, pero el amor siembra sus propias dudas, y las temía. Los pensamientos parecían bullir en mi mente, y unos pocos segundos me bastaron para decidir que yo no quería ser el amigo que su padre le había pedido que buscase para que la acompañase en su vigilia. Pero aun así esa primera impresión entrañaba una lección que no podía ignorar. Cuando ella solicitó ayuda, fue a mí a quien mandó llamar; a mí, un extraño con el que sólo había bailado un par de veces en una fiesta y había mantenido una breve charla una tarde, en el río. Así que, al devolverle la carta, le dije: