La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —Me perdonará usted, señorita, mi excesiva presunción, pero si me permite contribuir a la vigilancia de su padre, me sentiré orgulloso. Aunque la ocasión es por demás triste, semejante privilegio me hará muy feliz.
—Le agradezco mucho su ayuda —dijo ella, ruborizándose de nuevo. Y tras una breve pausa, añadió—: Pero no puedo ser tan egoÃsta. Sé que es usted un hombre muy ocupado, y aunque encuentro encomiable su gesto, no deseo robar todo su tiempo.
—Mi tiempo es suyo —me apresuré a contestar—. Apenas haya hecho los arreglos necesarios, lo cual me llevará la tarde de hoy, estaré a su entera disposición.
Observé que las lágrimas acudÃan a sus ojos, y en ese momento el sargento intervino:
—Me alegro mucho de que se quede usted, señor Ross. Yo también permanecerá en la casa, si mis jefes y la señorita Trelawny me lo permiten. Esta carta parece dar un nuevo cariz a los acontecimientos; ahora el misterio es más grande que nunca. Bien, debo ir a Scotland Yard y luego visitar a los fabricantes de esa caja fuerte. Estaré de regreso lo antes posible.