La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas En cuanto Daw se hubo marchado, la señorita Trelawny y yo permanecimos en silencio. De vez en cuando me dirigía unas miradas que me hacían sentir un rey. Al fin me pidió que no dejase de vigilar a su padre ni por un segundo y salió de la habitación.
Regresó al cabo de pocos minutos, acompañada de la señora Grant, dos sirvientas y un par de criados. Estos últimos transportaban las partes de una cama de hierro que comenzaron a armar de inmediato. Cuando terminaron su trabajo, la señorita Trelawny me dijo:
—Conviene tenerlo todo listo para cuando regrese el doctor. Sin duda querrá que mi padre esté acostado, y para eso siempre es mejor una cama que un sofá.
A continuación tomó asiento muy cerca del señor Trelawny, mientras yo recorría la habitación tomando nota de todo lo que veía. Había allí suficientes cosas para provocar la curiosidad de cualquier hombre. El lugar, excepto por los artículos normales en cualquier dormitorio, estaba lleno de objetos curiosos, fundamentalmente egipcios. Como se trataba de una estancia enorme, cabía en ella gran número de cosas, algunas de tamaño sorprendente.