La Joya de las siete estrellas

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Por mi parte, me sentía extrañamente tranquilo. Había aceptado el razonamiento del señor Trelawny, según el cual la reina era tal como suponíamos y no se opondría a nuestro experimento pues el sentido de éste no era otro que realizar sus anhelados proyectos. Así pues, estaba mucho menos inquieto de lo que me habría parecido posible; pero había otros motivos de preocupación que no podía borrar por completo de mi mente. El principal era el inquietante estado en que se encontraba Margaret. Si de verdad era cierto que poseía una existencia doble, ¿qué ocurriría cuando esas dos existencias se convirtiesen en una? Una y otra vez me hacía a mí mismo esta pregunta, y el ignorar la respuesta me llenaba de ansiedad. No me servía de consuelo el que Margaret se mostrara satisfecha y su padre complacido. El amor es, al fin y al cabo, un sentimiento egoísta, y proyecta oscuras sombras sobre cualquier cosa que impida el paso de la luz. Me parecía oír el tictac de un reloj; vi la penumbra caer sobre nosotros y, más adelante, transformarse en una luz grisácea, cuya intensidad aumentaba sin que trajese por ello consuelo alguno a mis sentimientos. Por último, cuando estaba seguro de que no perturbaría a los demás haciendo algún ruido, me puse de pie. Recorrí el pasillo para comprobar si a mis compañeros les había ocurrido algo, pues habíamos convenido en que dejaríamos abierta la puerta de cada habitación con la intención de que cualquier sonido fuese perfectamente percibido por los demás.


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