La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Una vez que se hubo marchado, reinó el silencio y el cabo de unos segundos Margaret se retiró también a su cuarto. Yo salà a la terraza que daba al mar. El aire fresco y la belleza del espectáculo me devolvieron la serenidad, y me alegré de que no existiera ninguno de los peligros que habÃa temido anteriormente. TenÃa una fe absoluta en la creencia de Margaret, y asÃ, mucho más animado, regresé a mi habitación y me tendà en el sofá.
Me despertó Corbeck, quien, muy excitado, gritaba:
—¡Señor Ross, baje a la cueva de inmediato! Él señor Trelawny requiere nuestra presencia. ¡Dese prisa!
Bajé a toda prisa a la cueva, donde estaban todos reunidos, a excepción de Margaret, que no tardó en llegar llevando a Silvio en brazos. Cuando el gato vio a su antiguo enemigo, intentó bajar al suelo, pero su dueña lo retuvo acariciándolo. Consulté el reloj y advertà que eran casi las ocho.
Con un tono de insistencia que me sorprendió, el señor Trelawny preguntó a su hija:
—¿Crees que la reina Tera ha renunciado voluntariamente a su libertad por esta noche y se resigna a no ser otra cosa que una momia hasta que el experimento haya concluido?
—Sà —respondió ella en voz baja.