La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas En la pausa que siguió, la apariencia, la expresión, la voz y los gestos de mi amada cambiaron. Incluso Silvio lo notó, y consiguió por fin escapar de sus brazos; ella no dio señales de advertirlo. Yo esperaba que el gato, una vez libre, atacase a la momia, pero en esta ocasión no lo hizo. Se mostraba, por una vez, intimidado. Se acercó corriendo a mí y comenzó a restregarse con mis piernas, mientas no paraba de maullar. Lo cogí en brazos, y eso pareció tranquilizarlo.
—¿Estás segura? ¿Lo crees de verdad?
—Lo sé —confirmó Margaret, cuyo rostro se iluminó—. No puedo decir cómo, pero estoy segura.
—Si fueses la reina Tera, ¿estarías dispuesta a probarlo?
—Sí —respondió ella con firmeza.
—¿Aun cuando eso supusiese exponer a tu espíritu familiar a la muerte y la aniquilación?
Margaret no contestó, y observé que era víctima de un sufrimiento terrible. La miré a los ojos, y lo que vi en ellos me lo confirmó. Yo estaba pasmado, y los demás parecían hallarse en la misma situación. Sin duda, iba a ocurrir algo que no comprendíamos.