La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas El señor Trelawny se dirigió a grandes zancadas hacia la pared oeste de la cueva y abrió un postigo que ocultaba uno de los agujeros que hacÃan las veces de ventanas. Entró por éste una brisa gélida, y la luz del sol iluminó a padre e hija. El señor Trelawny señaló hacia donde el astro se hundÃa en el mar formando un halo de fuego dorado, y su rostro se endureció como el pedernal. Con un tono áspero, incluso cruel, que no olvidaré hasta que muera, exclamó:
—¡Escoge! ¡Habla de una vez! Cuando el sol se haya puesto será demasiado tarde.
—¡Acepto!
Entonces Margaret se acercó al gato momificado y puso la mano sobre él. Ahora el sol estaba a su espalda, y por encima de ella las sombras parecÃan más oscuras y profundas. Con voz alta y clara, dijo:
—Si yo fuese Tera os dirÃa: «Tomad todo lo que tengo. Esta noche es sólo para los dioses».
Mientras hablaba, el sol se hundió en el horizonte y la oscuridad nos envolvió. Silvio saltó de mis brazos y corrió hacia su dueña, restregándose con su vestido como si asà le pidiera que lo tomase en sus brazos. Ya no prestaba atención al gato momificado.
—¡El sol se ha puesto, padre! —exclamó Margaret—. ¿Volveremos a verlo? ¡Se acerca la noche de las noches!