La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Ruborizada y con un brillo de furia en los ojos, Margaret cubrió el cuerpo con la hermosa túnica que sostenía en el brazo. Sólo quedó visible el rostro, más extraordinario aún que el cuerpo, pues no parecía muerto sino lleno de vida. Los párpados estaban cerrados, pero las pestañas, negras y rizadas, sombreaban algo las mejillas. Las aletas de la nariz se hallaban en reposo y los entreabiertos labios, rojos y carnosos, nos permitieron admirar una fila de dientes como perlas. Su abundante cabellera, negra y lustrosa, estaba recogida sobre la blanca frente. Unos rizos, semejantes a tiernas raicillas, se habían separado del peinado.
Pese a que Corbeck me lo había advertido, no pude evitar sorprenderme al comprobar cuán parecidas eran la reina y Margaret. Aquella mujer, porque me resistía a pensar en ella como momia o cadáver, era la imagen de mi amada tal y como la había visto por vez primera. Y la semejanza se acentuaba aún más merced al adorno de oro, piedras preciosas y plumas que llevaba en el cabello, muy semejante al que Margaret había lucido en aquel baile.
El señor Trelawny también se mostró sorprendido, al borde del colapso, incluso, y cuando Margaret se acercó a él y lo abrazó, lo oí murmurar:
—¡Es como si tú estuvieses muerta, hija mía!