La Joya de las siete estrellas

La Joya de las siete estrellas

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—Mi hija tiene razón. Estas vestiduras no están destinadas a un cadáver. Además, observen que no se las han puesto, sino que, sencillamente, descansan sobre el cuerpo.

Levantó el cinturón de piedras preciosas y se lo entregó a Margaret. A continuación, cogió con ambas manos la amplia túnica y la colocó sobre los brazos extendidos de su hija.

Quedamos asombrados ante la belleza de la figura que, a excepción del paño que le cubría la cara, yacía completamente desnuda delante de nosotros. El señor Trelawny volvió a agacharse y con manos temblorosas levantó el paño de lino, tan fino y delicado como la túnica, y cuando retrocedió contemplamos boquiabiertos la gloriosa hermosura de la reina. Me sentí avergonzado, pues consideré irreverente, e incluso sacrílega, nuestra actitud ante aquella belleza despojada de sus ropas. No parecía una muerta sino una escultura tallada en marfil por Praxíteles. No se advertía la ruina que la muerte es capaz de realizar en apenas un instante. Todos los poros del cuerpo aparecían maravillosamente conservados. La carne se revelaba tan turgente como la de una persona viva, y la piel poseía la suavidad del satén. Sólo el color era insólito, pues se asemejaba al del marfil nuevo, a excepción del brazo derecho, cuya muñeca estaba rota y cubierta de sangre.


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