La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Cruzando el cuerpo, pero sin rodearlo, según pudimos observar, había un cinturón ricamente enjoyado con gemas de un brillo y una variedad de colores maravillosos.
Hacía las veces de hebilla una gran piedra dorada y de forma redonda que presentaba una depresión, como si se hubiese oprimido un globo elástico. Centelleaba y en su interior parecía contener un verdadero sol cuya luz alumbrase toda la cueva. Lo flanqueaban dos piedras de menor tamaño que a juzgar por su tono plateado y su brillo semejante al de la luna debían de ser labradoritas.
A los lados de éstas, unidas por unos broches de oro de exquisito diseño, una fila de centelleantes piedras resplandecía con todos los matices imaginables. Cada una de aquellas gemas semejaba una estrella viva que reaccionase con su fulgor al menor cambio de luz.
Margaret, extasiada, levantó las manos. Se acercó para examinar las joyas pero, de pronto, se irguió y, con tono firme, declaró:
—Esto no es un sudario, no ha sido vestida para la muerte. Se trata de una túnica nupcial.
El señor Trelawny se apresuró a inclinarse sobre la momia y, al cabo de un instante, se volvió hacia nosotros y dijo: