La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas En el instante en que el señor Trelawny quitaba la última tira de tela, miró a su hija y descubrió en sus ojos una expresión de pena. Interrumpió la tarea, imaginando que aquello se debía a un sentimiento de pudor ofendido, y dijo con tono conciliador:
—No te inquietes, querida. Mira, no hay nada que pueda molestarte. La reina lleva una túnica, y nunca he visto nada tan magnífico.
El cuerpo estaba cubierto por un ancho trozo de tela, debajo del cual apareció una túnica de lino blanco que tapaba el cadáver del cuello a los pies.
El maravilloso aspecto de aquel tejido hizo que todos nos inclináramos a contemplarlo.
Margaret, impulsada por un interés naturalmente femenino, se acercó para examinar aquella tela nunca vista en nuestro tiempo. Era tan fina como la seda de mejor calidad, pero ni siquiera ésta habría poseído aquellos graciosos pliegues que el transcurso del tiempo había endurecido.
En torno al cuello había un delicado encaje hecho con hilo de oro y ramitas de sicomoro, y alrededor de los pies, con un trabajo igualmente minucioso, se veía una hilera interminable de pequeñas flores de loto que lucían tan gráciles como naturales.