La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Continuamos con nuestro trabajo. El vendaje que envolvÃa a la reina era mucho más largo que el empleado con el gato embalsamado, e infinitamente más elaborado. Una vez que quitamos las capas exteriores, comprobamos que la disposición de las interiores revelaba una tarea exquisitamente delicada. Sin embargo, hallamos el mismo polvo acre y rojizo, lo que indicaba la presencia de betún. El número de vendas era enorme, y a medida que Ãbamos quitándolas mi excitación aumentaba. No tomé parte en el proceso, por lo que Margaret me recompensó con una mirada de gratitud. A medida que iban quitando aquella cubierta de tela, ésta era más suave y el olor, aunque más acre, correspondÃa menos al del betún. El trabajo prosiguió ininterrumpidamente. En algunas de las vendas interiores observamos sÃmbolos o dibujos. A veces eran de color verde pálido y otras de varios colores, pero siempre prevalecÃa el verde.
De vez en cuando, el señor Trelawny o el señor Corbeck señalaban un dibujo en particular antes de quitar el vendaje que, detrás de ellos, formaba ya una pila enorme.
Los vendajes se acababan y las proporciones eran ya las de una figura normal, aun cuando estaba claro que la estatura de la reina habÃa sido superior a la corriente en su tiempo. A medida que el trabajo se acercaba a su fin, Margaret estaba cada vez más pálida y parecÃa tan agitaba que no pude evitar inquietarme.