La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Cuando Margaret me llevó de nuevo a su habitación, la reina vestía la túnica de lino bordado en oro. Además, le había puesto todas sus alhajas. Alrededor del cuerpo vi varias velas encendidas, así como un ramillete de flores blancas sobre su pecho.
Cogidos de la mano, la contemplamos por unos minutos. Margaret dejó escapar un suspiro y la cubrió nuevamente con una sábana. Se volvió al instante y, después de cerrar la puerta de su cuarto, volvió conmigo junto a los demás, que se hallaban en el comedor. Empezamos a hablar sobre lo que había sucedido y lo que estaba por suceder.
De vez en cuando, uno u otro de los allí reunidos se obligaba a sí mismo a iniciar una conversación. Era como si no creyésemos en nuestras posibilidades o la larga espera comenzase a afectar nuestros nervios. Advertí que el señor Trelawny había sufrido mucho más de lo que nos figurábamos o de lo que él estaba dispuesto a demostrar. Su voluntad y determinación eran tan firmes como siempre, pero su aspecto físico había desmejorado. Dadas las circunstancias, resultaba lógico. Ningún hombre puede pasar un período de cuatro días en contacto permanente con la muerte sin sufrir las consecuencias.