La Joya de las siete estrellas

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El tiempo transcurría cada vez con mayor lentitud. Mis compañeros se mostraban somnolientos y me pregunté si no estarían bajo el influjo de algún poder hipnótico, al menos en el caso del señor Trelawny y de Corbeck, que ya habían pasado por esa experiencia en la tumba de la reina. En cuanto al doctor Winchester, sus períodos de distracción aumentaban con el paso de las horas.

Margaret palidecía por momentos, tanto que a medianoche empecé a alarmarme. Le rogué que me acompañase a la biblioteca e intenté convencerla de que se echara en el sofá y descansase por un rato. Como el señor Trelawny había fijado el experimento para la séptima hora después del ocaso, debíamos aguardar hasta las tres de la madrugada. Aun concediendo toda una hora a los preparativos finales, nos quedaban dos de impaciente vigilia, de modo que prometí a mi amada que la despertaría cuando el instante llegase. Pero ella no aceptó mis consejos. Me dio las gracias con una sonrisa y me aseguró que no tenía sueño y que se sentía con fuerzas suficientes para esperar. No pude por menos de resignarme, pero procuré retenerla en la biblioteca durante una hora, hablando de varias cosas, y, cuando por fin insistió en regresar a la habitación de su padre, pensé que al menos había hecho algo para ayudarla a pasar al tiempo.

Encontramos a los tres hombres sentados en el comedor, en silencio. Margaret y yo nos unimos a ellos.


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